En política, como en el rock, las bandas rara vez se separan porque un guitarrista desafinó. Generalmente se rompen cuando todos quieren tocar el solo al mismo tiempo. En Misiones todavía nadie rompió los instrumentos, pero hace rato dejaron de ensayar en la misma sala. El público ya lo notó. Ahora falta saber si habrá reconciliación antes del próximo recital... o si cada uno terminará armando su propia banda.
"Seminare"
Durante más
de dos décadas, la principal fortaleza del oficialismo misionero fue
administrar el poder sin exponer sus diferencias. Las discusiones existían,
pero rara vez abandonaban las paredes donde se tomaban las decisiones. Esa
lógica parece haber terminado.
La
publicación de las autoridades de Encuentro Misionero, el posterior desmarque
de Maurice Closs, el mensaje compartido por Hugo Passalacqua y las
declaraciones del jefe de Gabinete terminaron por confirmar que el oficialismo
atraviesa un proceso de reconfiguración mucho más profundo que un simple cambio
de nombre.
La novedad
ya no es Encuentro Misionero.
La
verdadera noticia es que, por primera vez desde la consolidación del Frente
Renovador, aparecen dos centros de gravitación política con identidad propia.
De un lado,
Carlos Rovira intenta escribir un nuevo capítulo de la historia oficialista.
Del otro, Hugo Passalacqua conserva un volumen político propio respaldado por
intendentes, ministros y una imagen pública que continúa siendo una de las más
competitivas de la provincia.
Las
declaraciones de Carlos Sartori terminaron de despejar cualquier margen de
interpretación. Al señalar que Passalacqua no integra Encuentro Misionero,
confirmó públicamente una distancia que hasta ese momento se expresaba mediante
gestos, silencios y mensajes cuidadosamente administrados.
La pregunta
ya no es si existe una interna.
La
verdadera incógnita es si ambos proyectos volverán a confluir o si competirán
por la conducción definitiva del oficialismo rumbo a 2027.
“No bombardeen Buenos
Aires”
La historia
demuestra que las principales disputas de poder en Misiones casi siempre
nacieron desde adentro.
Le ocurrió
a Ramón Puerta con Julio César Humada. Más tarde entre el propio Puerta y
Carlos Rovira. Ahora el contrapoder vuelve a emerger dentro del mismo espacio.
La diferencia es que esta vez el reloj político corre mucho más rápido.
La crisis
de la yerba mate, el deterioro de la industria forestal, la caída de recursos
nacionales y el desgaste natural de más de veinte años de gobierno reducen el
margen para administrar los tiempos.
La política
ya no tiene el lujo de discutir durante meses mientras la sociedad espera
respuestas para mañana.
"Los viejos
vinagres"
Si algo
necesita mostrar cualquier proyecto político que pretende reinventarse es
renovación. Y ahí aparece una contradicción difícil de explicar.
Los
nuevos-viejos actores que comienzan a gravitar alrededor de esta
reconfiguración difícilmente aporten el aire fresco que el momento demanda.
El (ahora) multimillonario
y turista VIP, Maurice Closs vuelve al centro de la escena con una imagen muy
distinta a la que tenía durante sus primeros años de gestión. Su sola presencia
divide opiniones y reabre debates que parecían archivados.
Algo similar
ocurre con Joaquín Losada.
Su paso por
la Municipalidad de Posadas continúa siendo cuestionado por distintos sectores
de la sociedad, que le atribuyen una gestión por debajo de las expectativas.
Como ocurre con casi todos los dirigentes que regresan después de varios años,
también vuelven los recuerdos incómodos.
La política
tiene una particularidad. La memoria selectiva existe. Pero la memoria electoral
también. Y muchas veces aparece justo cuando alguien intenta vender como
novedad un disco que el público ya escuchó demasiadas veces.
"No voy en
tren"
Mientras
tanto, del otro lado del escenario aparece un actor que todavía no logró
construir una estructura territorial comparable con la del oficialismo.
Sin
embargo, los antecedentes recientes demuestran que las viejas maquinarias
políticas ya no son una condición indispensable para ganar una elección.
Javier
Milei llegó a la Presidencia con una estructura infinitamente menor que la de
sus competidores. Ganó instalando una idea. No una estructura. Eso modifica
todas las reglas conocidas de la política argentina.
Una
eventual fragmentación del oficialismo podría alterar un escenario que durante
años pareció inamovible.
"De música
ligera"
El desafío de algunos dirigentes libertarios consiste ahora en comprender que la efusividad no reemplaza a la estrategia. La confrontación permanente genera ruido. Pero no necesariamente votos.
Las
denuncias deben ser sólidas. Las críticas tienen que apuntar donde la sociedad
ya identifica problemas. Milei entendió que el adversario debía ser elegido con
inteligencia. No discutió con todos. Concentró su discurso sobre sectores que
ya cargaban con un fuerte desgaste social y construyó un relato coherente
alrededor de esa idea.
Si La Libertad Avanza logra ordenar su mensaje, profesionalizar su comunicación y evitar que algunos dirigentes confundan intensidad con eficacia, podría transformarse en un competidor mucho más serio de cara a 2027.
“Todo concluye al fin”
Quizás la mayor paradoja de
esta historia sea que el oficialismo necesita reinventarse justo cuando más
experiencia acumuló.
La política tiene una regla
tan simple como implacable: la experiencia suma... hasta que el electorado
empieza a pedir futuro.
Durante más de veinte años,
la Renovación construyó una maquinaria política difícil de igualar. Pero la
historia argentina también demuestra que ninguna estructura es invencible
cuando pierde la capacidad de interpretar el clima social.
Si el oficialismo logra
administrar sus diferencias y vuelve a tocar como una sola banda, probablemente
continúe siendo el principal protagonista de la política misionera. Pero si
cada dirigente decide subir a un escenario distinto para interpretar su propio
repertorio, puede ocurrir algo mucho más peligroso: que aparezca otra banda,
con menos trayectoria, pero con acordes que conecten mejor con una sociedad que
ya empezó a escuchar otra música.
Porque, al fin y al cabo,
en política, como en el rock, el público siempre tiene la última palabra. Y
cuando cambia de canción, rara vez vuelve a pedir un bis.