La discusión sobre el rumbo
económico suele quedar atrapada entre consignas políticas y expectativas de
recuperación futura. Sin embargo, los números que surgen del Sistema Integrado
Previsional Argentino (SIPA) describen una realidad más concreta: el empleo
formal se redujo, el tejido empresarial se achicó y la actividad industrial
opera muy por debajo de su potencial.
Entre
noviembre de 2023 y noviembre de 2025 se perdieron 278 mil empleos registrados netos. El recorte impactó
tanto en el Estado como en el sector privado: 81 mil puestos menos en el sector público y 198 mil en el privado.
La caída no se limitó al mercado laboral. En el mismo período desaparecieron 22 mil empresas, un dato
que refleja la contracción de la actividad y el deterioro del entramado
productivo.
El golpe al empleo formal no es un fenómeno aislado. Se inscribe en un
contexto de actividad industrial
debilitada. La utilización de la capacidad instalada se ubica hoy en 53,8%, por debajo incluso del nivel
registrado durante la pandemia, cuando el indicador había caído al 55% en uno de los momentos más críticos
de la economía reciente. El dato es elocuente: más de la mitad del aparato industrial
permanece ocioso.
La combinación de caída del empleo y menor producción repercute de
manera directa en los hogares. El endeudamiento
personal promedio ya equivale a dos salarios y medio, mientras que la morosidad bancaria y extrabancaria ronda el 35%.
En términos prácticos, significa que una parte creciente de las familias tiene
dificultades para cumplir con sus obligaciones financieras.
La secuencia es clara. Menos empresas implican menos empleo; menos
empleo reduce ingresos; y menores ingresos empujan a más endeudamiento. Cuando
esa cadena se prolonga en el tiempo, el riesgo deja de ser únicamente económico
y pasa a ser social.
Las cifras no explican por sí solas las causas ni las responsabilidades
políticas, pero sí delimitan el terreno de discusión. La economía argentina
atraviesa un proceso de ajuste que, al menos hasta ahora, se refleja en tres
indicadores centrales: menos trabajo
formal, menor actividad productiva y mayor presión financiera sobre los hogares.
El desafío hacia adelante no es sólo estabilizar variables macroeconómicas. También será recomponer el tejido productivo y recuperar el empleo registrado. Sin esa base, cualquier mejora estadística corre el riesgo de quedar desconectada de la vida cotidiana de millones de trabajadores. Porque, al final del día, la salud de una economía no se mide únicamente por sus equilibrios fiscales, sino por su capacidad de generar trabajo, sostener empresas y evitar que las familias vivan permanentemente al borde del endeudamiento.
Por Mario Samaniego