La política misionera atraviesa uno de los movimientos internos más importantes de los últimos años. Cambios de gabinete, funcionarios que cambian de vereda, nuevos espacios políticos, declaraciones cruzadas y una evidente reorganización del poder alimentan la idea de una ruptura entre Carlos Rovira y Hugo Passalacqua. Existen hechos objetivos que muestran tensiones dentro del oficialismo.
Sin embargo, hay un problema que ninguna ingeniería
política puede resolver mediante decretos, cambios de funcionarios o nuevos
sellos partidarios. La percepción social.
Porque
mientras la dirigencia discute si existe o no una ruptura, una enorme parte de
la sociedad sigue observando a Rovira y a Passalacqua como parte de un mismo
proceso político. No se trata solamente de creer o no creer en la interna.
Es algo
mucho más profundo: durante más de veinte años ambos construyeron el mismo
proyecto, compartieron gobiernos, campañas electorales, decisiones estratégicas
y una identidad política común.
Las
personas no borran esa memoria porque aparezca un nuevo espacio político o
porque algunos ministros cambien de oficina. Para el votante promedio siguen
perteneciendo al mismo capítulo de la historia política de Misiones.
Y
probablemente seguirán siendo percibidos así durante bastante tiempo.Ese es el
verdadero desafío. No convencer a la dirigencia. Convencer a la sociedad. Porque
las marcas políticas también generan asociaciones emocionales.
Del mismo
modo que resulta imposible separar el kirchnerismo de Néstor y Cristina, o el macrismo
de Mauricio Macri, resulta extremadamente difícil que una parte importante del
electorado deje de asociar inmediatamente a Hugo Passalacqua con Carlos Rovira.
No porque exista una dependencia política actual. Sino
porque durante décadas construyeron una identidad compartida.Y esa memoria
política no cambia con una conferencia de prensa. Ni con un cambio de gabinete.
Ni con un nuevo nombre partidario. Pero incluso hay una cuestión todavía más
importante.
Quizás la
sociedad ni siquiera tenga demasiado interés en resolver ese debate. Porque
mientras la política intenta demostrar quién conduce el oficialismo, el
ciudadano común está intentando resolver otro problema bastante más urgente:
llegar a fin de mes.
Hoy la
preocupación no pasa por saber si Encuentro Misionero desplazó al
passalacquismo o si el passalacquismo ganó posiciones frente al rovirismo.
La
preocupación pasa por el precio de los alimentos. Por el salario. Por el
combustible.
Por el
empleo. Por el alquiler. Por la posibilidad de progresar. La política sigue
discutiendo poder. La sociedad está discutiendo bienestar. Y allí aparece un
dato que debería preocupar a toda la dirigencia provincial.
Las
distintas encuestas vienen mostrando que una mayoría de los misioneros no
manifiesta deseos de volver a los modelos políticos del pasado, mientras Javier
Milei conserva un nivel de apoyo significativo dentro de la provincia. Ese
fenómeno no necesariamente significa una aprobación absoluta de la situación
económica actual. Significa algo diferente: una parte importante del electorado
todavía considera que el cambio merece más oportunidades que el regreso a
experiencias anteriores.
Eso explica por qué La Libertad Avanza dejó de ser una
mala palabra en Misiones. No porque todo funcione perfectamente. Sino porque
buena parte de la sociedad continúa asociando a la política tradicional con
problemas que nunca terminaron de resolverse.
Casos de
corrupción emblemáticos. Exfuncionarios enriquecidos. Dirigentes que
permanecieron décadas en el poder. Empresas vinculadas a exgobernadores
beneficiadas con contratos estatales. Ese recuerdo sigue presente en la memoria
colectiva.
Mientras
tanto, el oficialismo parece concentrar buena parte de su energía en
reorganizar su propio mapa interno. Quizás sea una necesidad política. Pero
probablemente no sea la prioridad social. Porque ya no se ganan elecciones
únicamente con intendentes que llevan veinte años administrando un municipio.
Tampoco
alcanza el verticalismo. Ni las estructuras territoriales. Ni inaugurar una
obra pocas semanas antes de votar. El electorado cambió. Hoy la gente quiere
saber si dentro de seis meses va a vivir mejor que hoy. Ese es el verdadero
plebiscito.
Por eso el
riesgo para ambos sectores no es quién gane la interna. El riesgo es discutir
una agenda que la sociedad dejó de discutir hace tiempo. Mientras unos hablan
de liderazgo, la gente habla del bolsillo. Mientras unos hablan de espacios
políticos, la gente habla del supermercado. Mientras unos intentan demostrar que
ya no son lo mismo, buena parte de la sociedad todavía los sigue colocando
dentro de una misma fotografía.
Y quizás
la pregunta ya ni siquiera sea quién conduce el oficialismo. La verdadera
pregunta es otra.
¿De
qué sirve ganar una interna si la sociedad ya empezó a votar otra discusión?