La Renovación ante su propia encrucijada

La derrota de Herrera Ahuad como candidato a diputado nacional —en una elección donde La Libertad Avanza capitalizó el voto bronca y el hartazgo— debería funcionar como advertencia.

Viernes, 30 de enero de 2026 - 9:35 hs.
La Renovación ante su propia encrucijada

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La caída de Oscar Herrera Ahuad como candidato a diputado nacional expuso algo más profundo que un traspié electoral: dejó al descubierto el agotamiento de una lógica política centrada en internas, roscas y disputas de poder. La historia política misionera muestra que ningún ciclo es eterno.

La derrota de Oscar Herrera Ahuad frente a Diego Hartfield, candidato de La Libertad Avanza, no fue una interna perdida ni un accidente aislado. Fue una señal política contundente. Perdió Herrera Ahuad, pero también perdió un proyecto que se pensaba a sí mismo como invencible y en permanente renovación.

Lo que parecía un trámite más dentro del calendario electoral se transformó en una derrota histórica para el Frente Renovador de la Concordia, que puso en cancha a uno de sus dirigentes con mejor imagen pública. Médico, exgobernador, con reconocimiento incluso fuera de Misiones por su gestión durante la pandemia, Herrera Ahuad representaba lo mejor que el oficialismo podía ofrecer en términos de credibilidad y trayectoria.

Sin embargo, no alcanzó.

Cuando las internas pesan más que la sociedad

El resultado dejó al desnudo un problema que el oficialismo se resiste a asumir: las internas terminaron pesando más que el contexto social y político. En lugar de leer el malestar, la fatiga y las nuevas demandas del electorado, buena parte de la dirigencia renovadora siguió mirándose hacia adentro.

Los verdaderos adversarios no estaban dentro del espacio, sino afuera. Pero la energía se consumió en disputas menores, cierres tácticos y decisiones que respondieron más a equilibrios internos que a una estrategia electoral y social de largo plazo.

Hoy se intenta instalar candidatos cuya competitividad real es, como mínimo, incierta. Ni la ley de lemas, ni la eventual separación de elecciones nacionales y provinciales, ni la ingeniería electoral más sofisticada garantizan triunfos cuando la desconexión con la sociedad se vuelve evidente.

Los ciclos existen: la lección de 2003

La política misionera ya vivió un punto de quiebre similar. En 2003, Carlos Rovira derrotó a Ramón Puerta y selló el final de un ciclo de poder que parecía inamovible. No fue solo una elección: fue el cierre de una etapa y el inicio de otra.

Aquella derrota marcó que los liderazgos, cuando dejan de interpretar el clima social, se vuelven vulnerables. Los ciclos políticos se agotan, aun cuando conserven estructura, recursos y control institucional. La historia lo demuestra una y otra vez.

Como en los mercados —para usar una metáfora cercana al universo “hartfieldiano”— los procesos políticos también tienen ciclos. Suben, se estabilizan y, cuando no se corrigen a tiempo, caen. No lo dice una agencia de noticias ni un analista opositor: lo dice la historia política de Misiones y se percibe con claridad en el presente del oficialismo.

Una derrota que no se explica solo por el rival

La única tranquilidad que hoy parece tener la Renovación es que del otro lado no hay, por ahora, una alternativa sólida y estructurada. Pero confiar en la debilidad ajena suele ser el preludio de los errores propios.

La derrota de Herrera Ahuad como candidato a diputado nacional —en una elección donde La Libertad Avanza capitalizó el voto bronca y el hartazgo— debería funcionar como advertencia. No se perdió frente a una maquinaria aceitada, sino frente a una expresión de descontento social que encontró canal.

Volver a la sociedad, salir de la rosca

Si la Renovación pretende sostener su centralidad política, necesita algo más que ingeniería electoral. Debe dejar de lado las internas permanentes y comenzar a resolver, de manera concreta, los problemas reales de la sociedad misionera: empleo, ingresos, salud, educación, producción y futuro para los jóvenes.

Menos discusiones por espacios de poder. Menos negocios propios. Más escucha social. Más gestión con impacto real.

La política no se agota el día de la elección, pero las elecciones marcan límites. La derrota de Herrera Ahuad no fue el final de todo, pero sí una advertencia clara: ningún proyecto sobrevive si se enamora de su propia lógica y deja de mirar a la gente.