El país entra en un semestre que
no promete precisamente primavera. No hablamos del clima —aunque el termómetro
económico también marca frío— sino de una sequía de recursos que ya se siente
en la caja. Caen la recaudación y la coparticipación, la Nación profundiza el
ajuste y la economía sigue en modo “próximamente”. El consumo no despega, la
inversión privada parece estar buscando estacionamiento y el crédito continúa
siendo una especie en extinción.
El paisaje es conocido: ahogo
financiero, industrias que reemplazan producción local por importaciones más
baratas y menos demanda de trabajo misionero y argentino. Cuando una fábrica
decide traer de afuera lo que antes hacía en casa, no es un tecnicismo: son
menos turnos, menos horas extra y más silencios en la línea de producción. Es
recesión con nombre y apellido.
Y si la actividad cae, la
recaudación también. Si la Nación recorta y elimina transferencias, el margen
provincial se angosta hasta volverse una rendija. La macro se ordena —dicen—,
pero la micro todavía no encuentra la puerta de salida.
Van más de dos años desde que el
Presidente asumió prometiendo ordenar primero y crecer después. El Congreso
acompañó con leyes, delegaciones y reformas profundas. La pregunta empieza a
ser incómoda: ¿cuánto tiempo más hay que esperar para que el crecimiento deje
de ser PowerPoint y se convierta en empleo? Porque el trabajo no aumenta por
decreto motivacional. Cuando el consumo se retrae y la producción se achica, lo
que crece no es el salario: es la deuda. La tarjeta termina reemplazando al
recibo.
La reforma laboral fue presentada
como llave maestra. Pero si la economía no arranca, ninguna llave abre una
puerta que no existe. La imagen de cientos de jóvenes compitiendo por un solo
puesto formal no es una postal urbana: es el retrato de un mercado que no
absorbe mano de obra al ritmo que la sociedad necesita.
También hay una autocrítica
pendiente. Parte de la sociedad —incluidos empleados públicos— respalda el
discurso del ajuste general, pero exige recomposición salarial por encima de la
inflación. La contradicción es evidente: no se puede pedir un Estado más chico
y, al mismo tiempo, reclamar que ese Estado pague más, brinde más y subsidie
más. La aritmética no suele ser ideológica.
Misiones, por su estructura
productiva, siente estos ciclos con más intensidad. Las economías regionales
dependen del transporte, del mercado interno, de la obra pública y del crédito.
Cuando el engranaje nacional se frena, en la periferia no se desacelera: se
sacude. Por eso se habla de un semestre seco. No por dramatismo, sino por
experiencia.
En ese escenario, el Gobierno
provincial intenta jugar otra partida: administrar con prudencia y hacer lo
posible con herramientas limitadas. Se anunció la eliminación de 114 cargos
jerárquicos para simplificar estructura y cuidar recursos. No hubo cadena
nacional ni música épica. Fue más bien un mensaje silencioso: si faltan
ingresos, primero se ordena la casa.
En paralelo, se firmaron
convenios con el Consejo Federal de Inversiones por 5.500 millones de pesos
destinados a PyMEs, con foco en sostener y generar empleo. La consigna es
sencilla, aunque poco glamorosa: poner los pocos recursos donde más trabajo puedan
multiplicar.
La lógica es micro antes que
declamatoria. Los programas Ahora volvieron a marcar récords de ventas en 2024
y 2025, inyectando casi 100 mil millones de pesos en el mercado local el año
pasado. No resuelven la macro —nadie pretende tanto—, pero amortiguan el golpe.
Sostienen comercio, consumo y empleo. Las inversiones en EFAs antes del inicio
de clases, las recorridas por fiestas productivas como la del Té en Campo
Viera, la presencia territorial: menos discurso y más gestión.
Entre referentes provinciales
empieza a tomar forma una corriente silenciosa: bajar el tono, trabajar más y
hablar menos. En tiempos donde sobran gritos y faltan resultados, la
administración callada puede convertirse en estrategia. Gobernar como minoría
aun teniendo mayoría: prudencia, austeridad y cercanía. No es épico, pero es
eficaz.
Nada de esto elimina las
tensiones que vienen. Cuando faltan recursos, sobran reclamos. Gremios
presionan, empresarios advierten, la sociedad se impacienta. Es lógico. Pero
también es cierto que Misiones arranca desde una cultura fiscal históricamente
austera y con un Estado que no luce sobredimensionado respecto a su población.
El desafío del semestre es doble.
A nivel nacional, que la promesa de crecimiento deje de ser una expectativa
diferida y se convierta en realidad palpable. A nivel provincial, resistir la
sequía sin romper el tejido social. Porque la economía no se ordena solo
recortando. Se ordena cuando vuelve a crecer.
Y crecer, en una provincia como
Misiones, no es un eslogan. Es cuidar el empleo, sostener a quienes producen y
no abandonar a quienes necesitan del Estado para atravesar la tormenta.
Porque en tiempos secos, más que
discursos, lo que hace falta es que vuelva a llover trabajo.