El experimento sin red

Columna de opinión por Mario Samaniego.

Domingo, 26 de abril de 2026 - 15:13 hs.
El experimento sin red

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Hay algo inquietante en la forma en que se está rediseñando la economía argentina: la convicción de que el orden llegará solo, como si el mercado fuera una maquinaria perfecta que, una vez liberada, acomodara todas las piezas. La historia local —y también la internacional— sugiere exactamente lo contrario.

El rumbo actual apuesta a una lógica implacable: reducir al mínimo la intervención del Estado, liberar precios, achicar estructuras y confiar en que la eficiencia haga el resto. Sobre el papel, el planteo seduce. En la práctica, empieza a mostrar otra cara: una economía que se enfría más rápido de lo que se reordena y una sociedad que absorbe el impacto sin amortiguadores.

El problema no es el ajuste en sí. Ningún país corrige desequilibrios profundos sin costos. El problema es cómo se distribuyen esos costos y cuánto tiempo se espera que los sectores más vulnerables resistan antes de quebrarse.

Hoy, la promesa de un futuro más competitivo convive con un presente cada vez más áspero. Empresas que no llegan al próximo trimestre, trabajadores que quedan fuera del sistema y regiones enteras que ven diluirse su actividad sin alternativas claras. La teoría dice que, eventualmente, surgirán nuevos ganadores. La realidad muestra que los perdedores aparecen primero —y en mayor número.

Hay, además, una premisa implícita que merece discusión: la idea de que toda desigualdad es transitoria y funcional al crecimiento. Esa creencia ignora un dato clave: cuando las brechas se profundizan demasiado, dejan de ser un paso intermedio y se convierten en un obstáculo estructural. No hay inversión sostenible ni estabilidad macroeconómica en una sociedad fragmentada.

El discurso oficial insiste en que no hay otro camino. Pero ese planteo, más que una verdad económica, es una definición política. Existen alternativas intermedias, ritmos distintos, mecanismos de protección más inteligentes. Negarlos no fortalece el modelo; lo vuelve más rígido y, por lo tanto, más frágil.

La Argentina ya recorrió antes este tipo de senderos. Momentos en los que la fe en las reglas puras del mercado prometía una modernización rápida, pero terminaba dejando una estela de desequilibrios difíciles de recomponer. No es una advertencia ideológica; es un dato empírico.

El riesgo del experimento actual no es solo económico. Es social y, en última instancia, institucional. Porque cuando una parte significativa de la población siente que el sistema dejó de incluirla, lo que se erosiona no es únicamente el ingreso o el empleo: es la legitimidad misma del rumbo.

Gobernar también es administrar tiempos. Y en esa dimensión, la pregunta central sigue abierta: ¿cuánto puede tensarse una sociedad antes de que el costo del orden supere a sus beneficios?

El mercado puede asignar recursos. Pero no construye, por sí solo, un país viable.