Por Mario Samaniego
Hay períodos económicos que exponen el verdadero rostro de las instituciones. Entre tanta redacción de IA, nada mejor que la vivencia personal, escrita en primera persona y sin “artificiales inteligencias”.
Hay momentos en los que las palabras “cobertura”, “prestación”, “afiliación” o “plan médico” dejan de ser conceptos administrativos y se transforman en algo mucho más profundo: la posibilidad de proteger una vida.
Esta es una de esas historias.
Hace pocos días, una joven embarazada de 33 semanas llegó al Sanatorio Boratti de Posadas con síntomas que generaban preocupación. Algunas contracciones, signos de dilatación y la lógica incertidumbre que atraviesa cualquier familia cuando un embarazo aún no ha llegado a término.
No se trataba de una consulta de rutina. No era una visita programada. Era una situación que requería atención médica, observación y contención.
Sin embargo, lo que la familia encontró fue una barrera económica.
Según relatan las protagonistas de esta historia, la
paciente se encontraba incorporada al IPS como adherente dentro del grupo familiar
de su madre. Sin embargo, al momento de consultar por la cobertura ante un
eventual parto prematuro, se les informó que el nacimiento y la atención del
bebé no estarían contemplados en las condiciones planteadas por el sanatorio.
La explicación generó dudas inmediatas. Tras consultar
directamente con la obra social, la respuesta fue diferente: el recién nacido
contaría con cobertura durante el primer mes de vida, incluyendo la asistencia
que pudiera requerir en el sector de Neonatología. Es decir, la versión
brindada por el sanatorio no coincidía con la información oficial proporcionada
por el IPS.
Pero la situación no terminó allí. Ante la posibilidad
de un parto prematuro, la atención quedó limitada exclusivamente a la afiliada,
dejando en un limbo la cobertura del bebé. Como consecuencia, la paciente fue
inducida a firmar un alta voluntaria, un documento que, en los hechos, deslinda
de responsabilidades futuras al establecimiento de salud ante cualquier
eventualidad que pudiera surgir.
Sin embargo, lo más impactante todavía estaba por venir. Llegó la cifra:18 millones de pesos.
Dinero que debía garantizarse de manera prácticamente inmediata. Dieciocho millones. Mientras una mujer cursaba un embarazo de 33 semanas. Mientras una familia intentaba comprender qué estaba pasando. Mientras la preocupación crecía minuto a minuto.
La sensación fue devastadora. Porque cuando alguien escucha una cifra semejante en medio de una urgencia médica, deja de sentirse paciente. Empieza a sentirse cliente.
Y en cuestiones de salud esa diferencia duele. Juega con la vida de dos personas, la madre y el bebe de tan solo 33 semanas de vida.
El alta voluntaria y el camino hacia el hospital público
Ante semejante escenario económico, la familia tomó una decisión difícil. Firmó el alta voluntaria. Abandonó el establecimiento privado. Y buscó ayuda en el sistema público de salud.
Lo que ocurrió después cambió completamente la perspectiva de quienes atravesaron esta experiencia. En el hospital público no hubo exigencias económicas. No hubo presupuestos millonarios. No hubo conversaciones sobre depósitos inmediatos.
Hubo médicos. Hubo enfermeros. Hubo profesionales que hicieron exactamente lo que la sociedad espera de ellos: Atender, valuar, contener. aplicar protocolos, cuidar.
La paciente fue sometida a los controles correspondientes para una gestación de 33 semanas. Recibió la medicación necesaria, permaneció en observación, realizó reposo y fue monitoreada por especialistas.
El resultado fue contundente. No hubo parto prematuro.
No hubo cesárea de urgencia. No hubo internación neonatal. No hubo la
catástrofe que el miedo había comenzado a dibujar en la cabeza de esa familia. Hubo
medicina basada en evidencia. Hubo prudencia. Hubo criterio profesional.
Y hubo humanidad.
Tras algunos días de observación, la paciente regresó a su hogar y hoy continúa con su embarazo.
Las preguntas que deja esta historia
Este artículo no pretende discutir la importancia del sistema privado de salud. Las clínicas privadas cumplen una función esencial. Los médicos que trabajan en ellas merecen respeto. Los costos de la medicina son cada vez más altos. Todo eso es cierto.
Pero también es cierto que existen situaciones que obligan a formular preguntas incómodas:
¿Qué ocurre cuando una familia recibe primero una cifra económica y recién después una explicación médica?
¿Qué sucede cuando el miedo se mezcla con la incertidumbre financiera?
¿Qué siente una mujer embarazada cuando escucha que para proteger a su hijo necesita reunir 18 millones de pesos?
¿Dónde termina la salud y dónde comienza el negocio?
Son preguntas legítimas. Preguntas que esta experiencia deja abiertas.
El valor del sistema público
Durante años se instaló la idea de que todo lo privado funciona mejor y que todo lo público funciona peor. La realidad, muchas veces, es bastante más compleja. Porque cuando esta familia necesitó ayuda, fue el hospital público el que respondió.
Fue el Estado el que puso médicos, medicamentos, infraestructura, camas y profesionales. Fue el sistema público el que brindó tranquilidad en uno de los momentos más difíciles que puede atravesar una pareja.
Y eso merece ser reconocido. No por ideología. No por
política. Simplemente por honestidad.
Cuando la salud se convierte en un privilegio.
La verdadera discusión no es Boratti, no es IPS, no es una clínica, no es un hospital.
La verdadera discusión es qué tipo de sociedad queremos construir.
Una sociedad donde la atención médica dependa exclusivamente de la capacidad económica de las personas. O una sociedad donde la vida tenga prioridad por encima de cualquier cálculo financiero.
Porque detrás de cada expediente médico hay seres humanos. Hay madres que tienen miedo. Hay padres que sienten impotencia. Hay familias enteras que atraviesan noches sin dormir preguntándose qué va a pasar.
Y cuando una mujer embarazada de 33 semanas cruza la puerta de una guardia, lo último que debería sentir es que su problema se mide en pesos.
La salud no puede ser solamente una ecuación
económica. La salud es, antes que nada, una cuestión humana. Y esta historia,
vivida en primera persona, deja una enseñanza imposible de ignorar: a veces, en
medio de un sistema cada vez más mercantilizado, la humanidad sigue encontrando
refugio donde algunos la quieren demonizar: en este caso, detrás de las puertas
de un hospital público.