Lo explicó Lucrecia Freije, investigadora del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, que esta semana presentó dos informes sobre la pobreza e indigencia en Argentina. “El hecho de contar con menos recursos no solo es un problema en sí, sino también afecta a los vínculos para hacer amistades, por qué hay menos espacios para hacer deporte, actividades culturales y generar esos vínculos”, detalló.
El más reciente informe de la Universidad Católica Argentina (UCA) reveló que 6 de cada 10 niños son pobres en Argentina, mientras que el 30% no accede de forma regular a una alimentación adecuada. Estas cifras, correspondientes a mediciones de 2025, muestran que la pobreza infantil alcanza al 53,6% de la población menor de edad, mientras que la indigencia afectó al 10,7%, de adolescentes y niños en Argentina.
Si bien el registro de pobreza infantil tuvo cierta mejora respecto a años anteriores, desde la UCA advirtieron que la problemática persiste de manera estructural en el país y que existe una desigualdad que se traduce en pérdida o limitación de oportunidades a futuro, para los menores de 18 años.
Al respecto del informe presentado por el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, la investigadora Lucrecia Freije, dialogó con LT4 y Agencia Hoy, y explicó que se trata de dos informes sobre pobreza e indigencia, uno tradicional, “con indicadores que se vienen relevando hace más de 15 años, entre ellos pobreza, indigencia, cuestiones vinculadas a la salud en general”, y otro, “que da cuenta de nuevos aspectos que se abordaron en el último año, quizás más vinculados a los vínculos, la vestimenta, el aprendizaje en las escuelas, para justamente poder relevar cómo las desigualdades no solo de materiales, también otro tipo de desigualdades se van desarrollando en las infancias.”
“Si bien ha habido algunas mejoras puntuales, por ejemplo, se ha observado una merma en la pobreza y en la indigencia de 6 y 7 puntos porcentuales. Y también, por ejemplo, mejoras en el activo de la salud, el número de consultas que se realizan al año. Sigue habiendo bastantes déficits persistentes todo en cuestiones vinculadas al hábitat de vida, y alimentación, y también con vínculos, y como hemos visto los nuevos indicadores, con el aprendizaje”, advirtió Freije, en diálogo con este medio.
De acuerdo con la investigadora, se trata de dar cuenta de una situación en la que múltiples carencias y desigualdades, afectan al desarrollo de niños y adolescentes argentinos. “Sin dudas, las condiciones materiales generan un contexto de desigualdad que luego se traduce en otro tipo de carencias. El hecho de contar con menos recursos, no solo es un problema en sí, sino también afecta a los vínculos para hacer amistades, por qué hay menos espacios quizás para hacer deporte, actividades culturales y generar esos vínculos”, planteó la investigadora.
Y señaló que es importante analiza “cómo afecta (la dificultad) de conseguir vestimenta, el no tener quizás tantos ingresos o utilizarlos obviamente en la prioridad que es comer y los escenarios que ellos generan porque son otras dimensiones que quedan relegadas, dando prioridad quizás a lo inmediato.”
Asimismo, Freije habló de una brecha tecnológica entre los niños y adolescentes argentinos, vinculada a la pobreza estructural. “Hay un aspecto tecnológico, no solo en cuanto a enseñanza en educación, de la oferta educativa en sí, sino también si se tiene el recurso en el hogar, porque han mejorado mucho los indicadores de acceso a internet y de uso de internet, pero seguimos teniendo más de 50% de los niños, sino una computadora en el hogar. Entonces hay una brecha tecnológica que sigue estando y que también hay que abordar con políticas integrales”.
Repreguntada sobre si existe una franjea etaria más desprotegida, entre los menores de 18 años, Freije explicó que no es el caso, pero que la UCA constató un deterioro entre los adolescentes. “Siempre se le da mucha prioridad, por ejemplo, en las políticas de protección social a las edades más tempranas, y a medida que los chicos van creciendo podemos observar que, sobre todo los adolescentes de 13 a 17 años, que tienen menos controles médicos, tienen mayores dificultades para formar sus vínculos, disfrutan menos de la escuela y por ende aprenden menos también”.
“Un indicador sobre salud mental, era muchísimo mayor la incidencia entre adolescentes, quizás también por la etapa de la vida, que están mucho más expuestos a problemas en identidad y se están redescubriendo también”, alertó.
En esta línea, Freije admitió que la exclusión social puede propiciar un incremento en la violencia entre los adolescentes, pero esta no es una condición necesaria. “Creo que si la violencia ya está instalada incluso en sectores más acomodados, sin duda se encuentra a mayores niveles de repercusión en sectores bajos, por todas las privaciones a las que se le ha expuesto”, precisó.
“Si uno no puede acceder al alimento, no va a estar pensando en cómo trata el otro, va a estar desesperado por poder comer. Entonces yo creo que sin duda, hay quizás alguna especie de vínculo (entre violencia y exclusión), pero tampoco es una condición necesaria. Podría haber mayores niveles de violencia”, subrayó.
En esta línea, la investigadora resaltó la importancia de abordar el problema desde las primeras infancias. “Hay muchas facetas que no vemos de las infancias y que eso tiene muchas repercusiones a lo largo de la vida. Por eso también es importante abordarlas desde el principio”, dijo, aunque aclaró que todos los factores de exclusión, “son modificables.”
“Sin dudam el hecho de que ahora no cuenten con recursos, no implica que luego a lo largo de la vida no puedan aprenderlos. Pero sí, que es mucho más difícil. Porque cuando uno es niño y es pequeño es mucho más fácil. No solo el aprender, sino también generar los vínculos. Son las primeras habilidades cognitivas y sociales que se desarrollan. Hay oportunidades de hacer mejoras y también eso es un poco lo importante, que una mejora en un aspecto, puede repercutir en otros”, argumentó.
“Entonces, hay que tener un abordaje integral, priorizando quizás lo más urgente como la alimentación, la educación, pero también pensando a futuro en generar estos espacios más culturales, de encuentro, ver qué ocurre con las tecnologías que también son el futuro. Así que, son muchos los temas, pero también muchas las oportunidades de mejora”, enfatizó Freije.
Por último, la investigadora insistió en que es crucial mejorar los ingresos y salarios de los padres y madres de niños en situación de pobreza, indigencia y vulnerabilidad social, para incidir positivamente sobre las infancias y adolescencias. “Hay que seguir pensando en políticas más integrales que no sólo involucran a los niños, sino también su principal sustento, que son sus padres. Entonces, yo pienso que es clave mejorar los ingresos laborales de los adultos para también, generar un impacto en estos niños”, cerró.