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La vida es bella

Publicado 03/02/2019 | 14:20

María Isabel Delgado tenía sesenta años cuando murió este viernes en Oberá. Parece que de una infección brutal que le fue comiendo el lado izquierdo de su cara. ¿Cómo que “parece”?

Pero puede ser injustamente más corta si se vive en Misiones sin dinero y obra social y se pasa a depender del sistema sanitario provincial que funciona estupendo en la propaganda y tan distinto en la realidad.

María Isabel Delgado tenía sesenta años cuando murió este viernes en Oberá. Parece que de una infección brutal que le fue comiendo el lado izquierdo de su cara. ¿Cómo que “parece”?

María vivía con sus hijos en una casa del barrio Aeroclub de Oberá. Humildemente, que es el modo dominante en el que se vive en los barrios de Oberá. La infección, o lo que fuera que la atacó porque se fue de este plano de existencia sin que le den un diagnóstico preciso según la propia familia, la obligó a pasar por dos cirugías en los últimos meses: una en Oberà y otra en Posadas. A ver. O acá alguien no informó todo lo que debía y nos estamos perdiendo de algo o acá alguien debería explicar cómo fue posible que María afrontara un par de cirugías en las dos ciudades más importantes de la provincia sin determinar qué enfermedad padecía para luego darle de alta para que vaya a sufrir a su casa.

Hace unos días un diario provincial informó sobre el caso y, como suele suceder, apareció entonces el estado para “asistirla”. Siempre atrás de los problemas y preocupados no porque las cosas ocurran sino porque se sepan. Una ambulancia la llevó a internar, y otra vez, le dieron el alta. Dicen que ella quiso volver a su hogar. Pues bien, ¿qué padecía? Dijeron que le harían curaciones en su casa, a favor de que María decidió ser una paciente ambulatoria. Y murió. ¿De qué?

“La salud es demasiado importante como para dejarla solo en manos de los médicos”, reflexionó Francisco Maglio, un infectólogo que trabajó años en el Hospital Muñiz  de Buenos Aires. Y las personas son demasiado importantes como para dejarlas en manos de la desidia de los gobiernos.

Como se tornó espantosamente habitual, las personas  mueren sin haber vivido todo el tiempo que, se sospecha, podrían haber vivido.

El caso de la señora María no es el primero ni el único ni será el último en Oberá (preguntarle a Adelina González). Una ciudad que, paradojalmente, tiene a dos de los tres poderes del estado comunal en manos de médicos. El ejecutivo, con Carlos Fernández. Y el legislativo, con Ariel Chaves. Ambos dirigentes de un partido político que utiliza, cínicamente, ese slogan de “estar cerca de la gente”. Sin embargo, cuando la gente no tiene recursos ni contactos, suele terminar dependiendo de la solidaridad de sus vecinos y de Dios.

Es un problema político. Con responsables de atender a personas como María, cuyo padecimiento no es una teoría, ni un ensayo literario, ni un tema más para usar el botón de “me enoja” en Facebook. María era una señora que debió disponer de una atención sanitaria, social y psicológica de la que evidentemente no dispuso a tiempo. Y murió. Nada menos. ¿Se hizo todo lo que la ciencia podía? ¿Todo lo que el estado podía?

“Somos lo que hacemos para intentar cambiar lo que somos”, definió Eduardo Galeano.

Se perdió capacidad de asombro y eso hay que intentar cambiarlo de modo urgente. Las personas no se pueden morir así nomás y todos lamentarnos diez segundos para después ir a consultar el pronóstico del clima. Hay que demandar calidad de vida.

Porque la vida es bella y es un don que Dios nos regaló.

 La muerte no precisa que nadie la ayude.