"11 Años de periodismo"

10:30 h | 04/11/2018

Las mayorías aleatorias y la representatividad política

La extraordinaria sobreabundancia de encuestas de opinión pública pone en evidencia que la representación se ha vuelto en una suerte de juego de vértigo. Hay quienes creen que los sondeos responden a la exacerbación de la demanda de consulta, otros las sitúan como un instrumento de manipulación de la clase política (tomemos el término “clase política” con la debida cautela). También están los que dicen que gracias al uso y abuso, las consultas de opinión ponen en jaque a la representatividad. Pero, como casi todo, el tema es mucho más complejo.

Hace unos días observé un programa de televisión en donde se hacía una encuesta sobre el resultado de otra encuesta: “Si a usted le gusta el muestreo de lo que piensa la gente, que acabamos de poner en pantalla, ponga que sí en nuestro último tuiter, de lo contrario ponga que no”. El trabajo que se ponía bajo la consideración de los televidentes era sobre un conjunto de potenciales candidatos presidenciales. Lo más extravagante del caso es que entre los invitados al programa estaban tres importantes profesionales de consultoría política y de opinión pública.

Al show de las encuestas se suma la pobreza de sus lecturas, un cocktail explosivo que no hace más que acelerar el estado de confusión general de una sociedad voyeur. Nadie quiere atentar contra la fantasía, contra el juego, ni siquiera los propios políticos. Nadie quiere decir que los mejores sondeos son aquellos que no se hacen públicos, que suelen ser extensos, muy analíticos, sirven como herramienta empírica para tal o cual estrategia.

¿Hasta qué punto le interesa a la sociedad actual estar bien representada? ¿Cuánto nos interesa la vida en la polis? ¿Cuál es el resultado de la apatía al momento de elegir un representante que dirija nuestra comunidad? Cuesta reconocer que estamos en la edad de oro de la indiferencia: enfriamiento del espíritu público, indiferenciación de la escena política, y ante la paradójica reivindicación exacerbada de identidad sobre un fondo de indiferencia general.

Podríamos decir, tal vez desde una mirada aristotélica, que la virtud ha escapado de la clase política. El elemento del dirigente, o de quien tiene apetencias por ocupar espacios políticos, ya no es el de la decisión y de la acción, es el del videojuego. Lo esencial ya no es ser representativo, sino estar conectado. L@s polític@s (sigamos contribuyendo a la aniquilación de nuestro maravilloso idioma) lo intentan desesperadamente: su intervención se resume cada vez más a un cálculo de efectos especiales, de ambiente y performance. La virtud fue dejada de lado para dar paso al show de la política.

Si la credibilidad de la clase política se ha desvanecido, es porque cree ser la expresión de la voluntad de una ciudadanía que no la tiene, que sólo posee de su propia voluntad una visión flotante y de la clase política una visión burlona. Cuando las sociedades se vuelven incrédulas, de fácil versatilidad, amantes del disimulo, corremos el riesgo de ser súbditos de la indiferencia política.

Nos enfrentamos a una sociedad de pensamiento aleatorio, que no hace más que responder a la solicitación y al movimiento artificial de los innumerables y permanentes sondeos y de las consultas electorales. Pareciera ser que las masas no quieren ser representadas, quieren asistir a una representación. Ni siquiera quieren representarse a sí mismas, la autogestión no les conmueve demasiado. Les basta con un destino de representación, sea cual fuere. Quieren aprovechar el espectáculo de la representación, el signo, no el cambio de sociedad. Quieren un bonito espectáculo, no un buen programa.

Y, de algún modo, todos los representantes –ya sean de partidos políticos, de sindicatos o de lo que fuese– se sirven de la “exigencia social” de las masas para escapar a la política, pero las masas no lo entienden del mismo modo: prefieren el espectáculo. Eficacia silenciosa e irónica de las mayorías aleatorias. Cuanto más masa es la masa, más se resiste a cualquier tipo de representación. Y navegan las mayorías silenciosas, detrás vienen agazapados los Trump, los Bolsonaro, los ideólogos de la antipolítica, los expertos del show business.

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No debería dejar pasar la oportunidad sin lamentar la humillante derrota a la que se dejó someter Martín Arjol. El joven concejal decidió correr una carrera para quedarse con la presidencia del Comité provincial de la Unión Cívica Radical y tuvo el infortunio de perder, pese a que corrió en absoluta soledad.

Al principio, la lista que encabezaba Arjol competía contra la de Federico Villagra y la de Ricardo Jaquet. Pero la Junta Electoral, con la complicidad del establishment radical al que también pertenece el propio concejal, decidió impugnar a los competidores. Las quejas y denuncias de los proscriptos, a estas alturas, son puro pedregullo.

Arjol, posiblemente empujado por sus propias ambiciones, perdió la posibilidad de quedarse al frente del radicalismo provincial por acción del voto de sus correligionarios. El consenso de una mesa integrada por cuatro o cinco personas no le otorga ningún tipo de legitimidad frente a los miles de radicales que habitan la Tierra Sin Mal.

Lo suyo no es ni siquiera una victoria pírrica, su asunción como presidente del radicalismo es una derrota frente a sí mismo. No tuvo la inteligencia, mucho menos las agallas necesarias, para frenar la embestida contra sus competidores y buscar las alternativas para someterse al escrutinio de los afiliados del partido de las boinas blancas. El cuento no es más que otro flaco favor que el radicalismo aporta al aglomerado Cambiemos.

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