"11 Años de periodismo"

11:45 h | 28/10/2018

El topus uranos de Rovira y el marqués de Condorcet

Es lógico que Carlos Rovira sienta añoranza por sus años de estudiante universitario, es un gladiador del topus uranus, un audaz navegante en los mares del conocimiento; por todo aquello, también resulta comprensible que su mayor preocupación esté en el progreso y en su legado. La cátedra que ofreció el pasado jueves, con formato de conferencia de prensa, en la Legislatura podría leerse como el inicio del año electoral.

La aprobación de la ley de paridad de género, algo que sin dudas será positivo y que es para festejar, sirvió de excusa para marcar algunos lineamientos del futuro de la Renovación, lo que ahora llaman Misionerismo, y lo que personalmente llamo neorenovación.

El mensaje que transmite Rovira posiblemente sea inentendible para los cortoplacistas regadores de quintitas, un tanto revolucionario para los apostadores de las recetas económicas de casino, e irreverente para los vividores de la política parasitaria. Yo lo encuentro apasionante, debatible, perfectible.

De todos modos, Le Conducteur maneja la semiótica del poder. Por medio de su potencial semántico, el poder se inscribe en un horizonte de comprensión.

Sucede que para sobrevivir al tiempo, el poder tiene que estar circunscripto en un horizonte de sentido para manejar el proceso de comprensión y de acción. Es decir que para obtener la anhelada estabilidad y permanencia en el poder, hay que arrojar luz sobre el sentido y Rovira lo sabe hacer muy bien.

Nietzsche –cuándo no, Nietzsche– fue de los primeros en indagar sobre la conexión entre poder y generación de sentido. “Comunicarse es, originalmente, ampliar su poder al otro”, sostenía Nietzsche. En aquella dirección camina Rovira desde hace años, sin un sentido no hay un horizonte para alcanzar. “Se acuestan con una idea y se levantan con un propósito”, dijo el presidente de la Legislatura durante la conferencia del jueves.

Toda palabra, de algún modo, es un veredicto. Pero Rovira también sabe que la palabra sufre una pérdida total de sentido cuando se la vacía de toda referencia, de contenido, de concepto. A la neorenovación le toca escribir la historia, llenarla de referencia, de contenido, de concepto: “Nosotros estamos dibujando ideológicamente el sentir del misionero. Es una tarea muy elevada, es una tarea íntegra y por eso veo que hay una correspondencia espiritual del sentimiento”, explicó con tono académico.

Son los soberanos quienes determinan el sentido, el horizonte de sentido, es decir, el “hacia dónde y para qué” de las cosas. Para el soberano, la continuidad de sentido sería al mismo tiempo una continuidad se sí mismo. Rovira sabe trazar los bosquejos de aquel horizonte de sentido que llena a su pueblo, a su gente, a sus electores.
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Sin dudas, la mejor pregunta de la conferencia del jueves salió de la boca del periodista Damián Cunale, de El Territorio, que sin medias tintas buscó saber cuál sería el destino de Le Conducteur cuando finalice su mandato en diciembre del próximo año. Rovira frente al refresh que él mismo pregona.

“Y a mí no me preocupa, yo no estoy pensando mucho en mi futuro, de hecho sí me gustaría, porque de hecho lo voy a hacer hasta el día que me muera, voy a seguir debatiendo ideas, aportando ideas. Si sirven a la política en buena hora, si le sirve a mi hijo en buena hora también, a un cercano, amigo, grupo familiar y voy a estar ahí. Sinceramente no me preocupa nada. He tenido el privilegio de pasar y ponerme a disposición de los misioneros en diferentes oportunidades, siempre voy a ceder mi lugar a otro, a otra persona, creo que esa es la obligación y ese es mi estado mental y hoy emocional de facilitar, no puedo hablar de un proceso de refresco si no le cedo el lugar a quien viene de abajo, del costado, o de dónde sea. Entonces creo que es un proceso muy necesario para todos, para imprimir a la política también una dimensión, justamente, de mayor vigor, y de mayor excelencia. Creo en las nuevas oportunidades, creo en la nueva gente, y así va a ser”.

El término refresh no debería estar enmarcado simplemente en el cambio de rostros, sino de evolución política (de paso aprovecho para recomendarles el libro Biopolítica, un mapa conceptual, de la italiana Laura Bazzicalupo). Los políticos, al igual que cualquier mortal, pueden evolucionar en el campo de las ideas o involucionar. ¿Podríamos decir que Rovira fue artífice de su propio refresh, de su propia evolución?

La Renovación no ha tenido el mismo proceso intelectual que Rovira, no hace falta ser muy docto para darse cuenta de las falencias que hay en la mayoría de sus cuadros políticos. Pero, tal vez, aquello haya sido el peor error de Le Conducteur: La Academia puertas adentro de la Renovación. El “progreso” choca contra las mentes cerradas al “progreso”. ¿O es que aquí no se produce un oxímoron?

Ante la infrenable evolución política, la Renovación, según Rovira, se encuentra en un “proceso que se va a profundizar como ya se inició y es casi imposible de parar, de refresh, de refresco, un proceso de incorporación de todo tipo de partícipes y protagonistas de la sociedad que felizmente es algo impresionante, no sólo ahora veo, todos los días veo dirigentes nuevos o militante o adherentes”.

La evolución política de la Renovación está íntimamente relacionada al “progreso” social y al horizonte de sentido que mencionaba párrafos más arriba. El refresh nace de una necesidad social: “Yo creo que es mucho más el adherente, el que hoy expresa una necesidad, y a partir de una necesidad busca un espacio de lucha por esa necesidad, y bueno lo consigue. Tiene las puertas abiertas”.

Rovira no se equivoca cuando dice que “las crisis son las oportunidades del refresco de todos los partidos políticos”, porque en definitiva aquello de que “el poder está en la gente, el eslogan fundante este espacio” se terminó cumpliendo porque “la gente se ha ido adueñándose de este partido político y en buena hora”. Claramente, “el proceso de evolución en marcha está vivo. Por eso los partidos viven en tanto y en cuanto dan respuesta adecuada a los desafíos del presente”.

Con ese norte, “ahora hay que adecuar las estructuras para que ese caudal signifique que se traduzca en una oferta consecuente y no repetir viejos esquemas”. ¿Podrá la Renovación generar un refresh que no repita “los viejos esquemas”? ¿El refresh será sólo un cambio de caras o se arrimará al progreso evolutivo de un partido político que se anime a cruzar las fronteras del propio misionerismo?

El marqués de Condorcet, discípulo de Voltaire, fue quien, por decirlo de alguna manera, patentó el término “progreso”. Era el más joven de los ilustrados que participó en la escritura de la Enciclopedia y el factor de la corta edad fue lo que le permitió llegar a ver y a participar de la Revolución Francesa. A pesar de ser un hombre de una familia de nobles, fue un entusiasta demócrata, participó en la Convención francesa y en los movimientos revolucionarios; fue el encargado de introducir importantes reformas educativas y la idea del voto de la mujer.

Cuando llegó el momento de enjuiciar al rey Luis XVI, Condorcet se opuso a que sea ejecutado. Como buen discípulo de Voltaire, el marqués estaba en contra de la pena de muerte. Semejante postura llevó a que los integrantes de la convención lo acusaran de traidor y lo persiguieran. Durante los cuatro meses que estuvo prófugo, Condorcet escribió Esquisse d’un tableau historique des progrès de l’esprit humain (Esbozo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano). Murió en prisión, algunos dicen que fue envenenado, lo cierto es que su cabeza no llegó a pasar por la guillotina.

Fue Condorcet el primero en escribir la palabra “progreso” en el sentido en que nosotros la entendemos. ¿Será Rovira una suerte de Condorcet misionero? Condorcet, al igual que Le Conducteur, sufrió la traición por el poder y padeció el juicio del ignorante. Diferentes integrantes de la Renovación sueñan con una Renovación sin Rovira, aunque sepan que la Renovación sin Rovira sería como la implosión de la Unión Soviética tras la caída del Muro de Berlín.
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La potencial fortaleza del aglomerado Cambiemos en la Tierra Sin Mal se puede resumir en tres puntos:

El primero de ellos es el alto grado de desconocimiento que tiene el electorado sobre la mayoría de los posibles candidatos. Deberán realizar una campaña de instalación relámpago como para poder superar aquella instancia. El desconocimiento de sus dirigentes les abre las puertas a un potencial crecimiento.

El segundo punto, y posiblemente el principal, es el de detectar, analizar y comprender las debilidades de la Renovación. En aquellas debilidades se encuentran las fortalezas que deben resaltar los estrategas de Humberto Schiavoni. El “progresismo” que ostentan los renovadores se contrapone a posturas con sabor a rancio.

El tercero está ligado al resultado de la comprensión de los dos anteriores. Los candidatos que rodeen a Schiavoni deberán tapar lo que él representa. El senador no es un buen candidato, es una persona que además de no representar a “lo nuevo”, no sabe transmitir “lo nuevo”. Su currículum está más ligado al concepto de “la vieja política” que a “lo nuevo”, incluso desde sus propias concepciones ideológicas. Si los estrategas de Cambiemos no hacen jugar en primera línea a nuevos dirigentes, incluso dejando a su principal candidato en una suerte de “candidato testimonial”, la estrategia del refresh renovador se los llevará puestos.

Cuando el sábado de la semana pasada el líder de Camioneros, Hugo Moyano, aglutinó a un amplio sector del peronismo y del kirchnerismo frente a la Basílica de Luján, se pudieron ver los hilos de la Iglesia. Incluso lo admitió Pablo Moyano, uno de los hijos de Hugo, cuando afirmó que la movilización fue hecha con el visto bueno del Vaticano. Lo mismo sucedió ayer cuando el dirigente social Juan Grabois lanzó en Mar del Plata el Frente Patria Grande y anunció que “este frente tiene una candidata y es Cristina Fernández de Kirchner”. Nadie puede negar que Grabois goza de la confianza del Papa Francisco.

Las declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Oscar Ojea, en las que asegura que la Iglesia no se mete en cuestiones políticas resultan tardías y poco creíbles a la luz de los acontecimientos actuales y de los últimos dos mil años de historia.

Casualmente, las declaraciones de Ojea llegan dos días después de que el Episcopado expresara a través de un comunicado su preocupación porque se “pretenda imponer la ideología de género” al proyecto de educación. También advirtieron que se desconoce “la libertad que asiste a los padres y a las instituciones educativas a educar de acuerdo a sus idearios propios”. El documento es claro: “Desde nuestra cosmovisión cristiana rechazamos la ideología de género, pero no podemos negar que la perspectiva de género es una categoría útil para analizar la realidad”.

Esta semana, después de una reunión del gabinete presidencial en la Casa Rosada, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, dijo que “es hora de que la Argentina tenga un Estado laico” y se quejó de que el Papa Francisco “no ha tenido la distancia necesaria con la política argentina”. La funcionaria, que extrañamente goza de una alta imagen positiva según las principales encuestadoras de opinión pública, también esgrimió que el Sumo Pontífice tendría que “ser un poquito más abierto con nuestro Gobierno”.

La evidente pulseada del Gobierno con la Iglesia no es casual. En el Congreso hay más de media docena de proyectos de ley, iniciativas que paradójicamente fueron presentadas por legisladores de la izquierda y de Cambiemos, para avanzar en la separación del Estado de la Iglesia.

Hay que recordar que tras los emblemáticos pañuelos verdes – que utilizaron quienes reclamaban la interrupción voluntaria del embarazo legal, seguro y gratuito– aparecieron los pañuelos naranjas con una consigna contundente: “Iglesia y Estado, asuntos separados”.

Fue Mauricio Macri quien puso en agenda temas que están sumamente relacionados con el progresismo. No entra en debate si lo hizo por mera especulación política, el asunto concreto es que fue él, guste o no, quien recogió un reclamo social. El debate por el financiamiento de la Iglesia católica se intensificó este año luego de que el jefe de Gabinete, Marcos Peña, afirmara que durante el año 2018 el Estado nacional tenía destinado más de 130 millones de pesos para pagar sueldos de obispos cuyos ingresos mensuales era hasta de 46.800 pesos.

“El Gobierno tomó nota de un reclamo social que existía y que venía cobrando cada vez más fuerza. Todos fuimos testigos de la movilización que hubo el ocho de marzo pasado, el día internacional de la mujer, donde el leitmotiv era la legalización del aborto”, dijo Schiavoni durante su discurso en la Cámara alta el día en que se trató la fallida despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo. El senador lo enmarcó como una problemática de salud pública y recordó que la gran mayoría de los países lo han resuelto, “incluso países que tienen un raigambre religioso muy fuerte, como España o Italia”. También dijo, en aquella oportunidad, que lo que se pretende es “impulsar la ampliación de derechos, porque ahora las mujeres que no se adhieren a continuar con la gestación tienen restringidos sus derechos para decidir... Las sociedades avanzan a partir del reconocimiento y la ampliación de sus derechos, no vayamos en contra de una tendencia que es mundial”.

Con aquel antecedente, Schiavoni puede utilizar con absoluta legitimidad la palabra “progreso” en su agenda de campaña. En cambio, la Renovación que abogó por las marchas “pro-vida” que eran fervorosamente apoyadas y auspiciadas desde la Iglesia. No es un dato menor. El progresismo ficticio suele utilizar las consignas de los reclamos progresistas.

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