"11 Años de periodismo"

10:00 h | 09/09/2018

El engranaje y la Alta Política

Entre otras cuestiones que ahora no vienen al cuento, durante la campaña electoral de 2015 el aglomerado Cambiemos prometió aplicar una fórmula que nos llevaría a una soñada rebaja gradual de impuestos: Austeridad en los gastos, un empleo más honesto de los recursos públicos y un sistema de recaudación más eficaz. Pero nada de esto ocurrió. Al contrario, el Gobierno aumentó las cargas fiscales aduciendo razones de emergencia.

Seguramente ocurrirá lo de siempre. Los contribuyentes cumplidores se encargarán, otra vez, de financiar a los polizones de la nave del Estado que reciben sus servicios sin dar nada a cambio, beneficiándose injustamente del esfuerzo de los pasajeros responsables. Ahora sería bueno que nos detengamos un instante para aclarar que hay polizones que no tienen para pagar el costo del viaje, y otros que sí pueden hacerlo pero prefieren evadirlo para seguir enriqueciéndose.

Ya está visto que la implementación de nuevas cargas, que nacen bajo el paraguas de la mágica palabra emergencia, tienen más que ver con la financiación de la ineficacia y la corrupción burocrática que con medidas del tipo social que tiendan a la redistribución de la riqueza.

El aglomerado Cambiemos colecciona contradicciones. Quienes llegaron para achicar los gastos del Estado terminaron teniendo la mayor cantidad de carteras ministeriales desde el retorno de la democracia. A principios de 2017 Mauricio Macri llegó a tener 21 ministerios y ahora, tras los últimos anuncios, tiene la misma cantidad que durante las presidencias de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner.

Sucede que el Gobierno perdió de vista el horizonte final que lo animaba y el párrafo anterior no es más que un botón de muestra. El fraternal abrazo que se dieron durante la conferencia anual de la Unión Industrial Argentina (UIA), el ministro de Producción Dante Sica y Luis Betnaza –el director corporativo y hombre fuerte de Techint que admitió haber pagado coimas– es otra evidencia que sirve para demostrar que la revolución de la alegría amarilla ingresó a El engranaje.

Los más incrédulos afirman que aquella feliz asonada de globos color patito jamás existió y que fue todo una farsa montada por quienes siempre fueron parte de El engranaje.

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La calesita de arrepentidos que montó Claudio Bonadio en el juzgado federal a su cargo y aquella maravillosa postal de Sica y Betnaza me trajo a la memoria un libreto cinematográfico que escribió Jean Paul Sartre titulado El engranaje. En realidad, creo que primero fue cuento y luego libreto, no recuerdo bien cuál fue el proceso, sí sé que nunca llegó a ser filmado y que el título original fue Les mains sales (Las manos sucias).

En El engranaje, Sartre retrata la historia de un país petrolero que se encuentra sumido en la pobreza y la desigualdad (No es Venezuela). Allí, el presidente es acusado de corrupción y de favorecer a capitales extranjeros, y las masas enardecidas deciden apoyar una revolución. La alegría dura lo que tarda el nuevo presidente en juntarse con el dueño de la principal petrolera y con el embajador del poderoso país vecino.

El gobierno que se abrió paso tras la revolución termina siendo una suerte de dictadura que con el correr del tiempo es aplastada por otra revuelta. François es el nuevo presidente, y el hecho de haber sido compañero del anterior no le impide ordenar su fusilamiento. El embajador no tarda en felicitar al nuevo mandatario y le comunica que su país reconoce al nuevo gobierno, pero también le advierte que cualquier intento de nacionalizar el petróleo podría ser terrible.

La escena final es vertiginosa:

El embajador está ante François. Habla cortésmente, pero apenas vela la amenaza que contienen sus palabras. François escucha con aire colérico.

–Mi gobierno no desea otra cosa que mantener relaciones de amistad con el vuestro. Sin embargo estoy encargado de prevenirle, que si se nacionaliza el petróleo y se despoja a nuestros connacionales, esto será considerado como un casus belli– dice el embajador.

–Su gobierno no tiene por qué mezclarse en nuestros asuntos internos– replica François.

–Como le parezca. Excelencia. Sólo le debo recordar que su país es pequeño y el nuestro poderoso–.

Un silencio. El embajador insiste cortésmente:

–Mi Gobierno espera una respuesta categórica–.

–No se tocará el asunto del petróleo– promete François.

El embajador se inclina con una sonrisa irónica:

–No se esperaba otra cosa de vuestro buen criterio, Excelencia–. Y se retira.

Desde la puerta el ayuda de cámara dice a François:

–La delegación de los obreros del petróleo espera, Excelencia–.

–Un momento. Sírveme un vaso de whisky – dice François.

El ayuda de cámara se lo sirve en silencio. François lo bebe y deposita el vaso sobre la mesa. Después, haciendo una señal al ayuda de cámara, le dice con aire sombrío:

–Que pasen –.

En el país imaginario que describe Sartre no hay cambios porque la estructura no permite cambios. En la causa de los cuadernos Gloria ya hay unos diecinueve imputados arrepentidos, la mayoría de ellos son parte de un establishment empresarial que perdura desde hace más de cuarenta años. Entre los arrepentidos se encuentra Ángelo Calcaterra, exdueño de IECSA y primo de Macri, entre otros hombres del entorno presidencial.

Al igual que en El engranaje, el aglomerado Cambiemos camina por un espiral en el que se repiten las mismas situaciones que denunciaban antes de llegar al gobierno. Mientras tanto, las encuestas de opinión pública reflejan el desencanto que hay en la calle y más del sesenta por ciento de la población desplaza su esperanza hacia algún otro salvador.

A riesgo de resultar pesimista, me atreveré a decir que sospecho que en nuestro país no habrá gobernante que logre escapar a El engranaje. La vana esperanza popular siempre tiene sabor amargo.

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Cuando ya nadie lo esperaba, el expresidente Barack Obama regresó a la política electoral con duras críticas contra el gobierno del presidente Donald Trump. Advirtió sobre las consecuencias que podrían haber si los votantes estadounidenses se mantienen al margen en las elecciones legislativas del 6 de noviembre.

“Este es uno de esos momentos cruciales en que cada uno de nosotros, como ciudadanos de Estados Unidos, debemos determinar quiénes somos, qué es lo que defendemos”, dijo Obama el pasado viernes en la Universidad de Illinois. Según el exmandatario, su país corre el riesgo de alejarse de los ideales de los fundadores de la nación, ya que los privilegiados y poderosos explotan la “política del miedo y el resentimiento” para mantener su estatus.

El discurso no tuvo desperdicios. “No comenzó con Donald Trump; él es un síntoma, no la causa, sólo está sacando partido de los resentimientos de que los políticos han sacado provecho durante años”, dijo ante unos 1.300 estudiantes. Obama cree que “estos son tiempos extraordinarios y peligrosos”.

Probablemente Obama tenga razón con eso de que “son tiempos extraordinarios y peligrosos”. Podría recomendar a los lectores un menudo listado de libros escritos por académicos de diferentes especialidades que hacen la misma advertencia. Para llegar a tener una mínima noción del arte de la Alta Política primero hay que atreverse a zambullirse por las torrentosas aguas del conocimiento. Hay que saber correr riesgos y salir de las zonas de confort, peligrosas para los tiempos que corren. Sobre la mesa chica no hay más que gacetillas mal escritas.

Obama, quien no tiene la posibilidad constitucional para volver al poder, pareciera comprender los procesos históricos y está alerta. Su visión va más allá de los ciclos de la opinión pública. Quienes se dedican al esfuerzo intelectual que implica tratar de comprender la verdadera Alta Política, prescinden de posar para una selfie en cervecerías de moda.

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