"11 Años de periodismo"

11:00 h | 05/08/2018

Mala leche – Puente Aéreo

Lejos de cumplir con la promesa de cerrarla, el gobierno del aglomerado Cambiemos no hace más que ensanchar y profundizar la grieta. Y a medida que avanzamos por la antesala del venidero año electoral, el discurso político se torna más intolerante y violento.

Sucede que, por lo general, los oficialismos suelen ponerse erráticos, agresivos y obtusos cuando temen perder el poder que se les confirió a través del voto. El principal obstáculo del desarrollo de nuestro país, siempre ha sido la intolerancia.  El kirchnerismo tuvo un pico de furia en 2008 cuando se vio debilitado frente al espejo como resultado de las protestas del campo, los cacerolazos, y el desenlace de película que tuvo en el Senado el debate por la polémica resolución 125. Al año siguiente, Néstor Kirchner perdía las elecciones legislativas en el principal circuito electoral del país.   Fue a mediados de 2014 cuando la gendarmería representó en las rutas el grado de intolerancia que estaba padeciendo el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. En 2015, un Estado imprudente descuidó la integridad física de un fiscal que había denunciado a la Presidenta por presuntamente tejer un pacto con Irán para encubrir el atentado terrorista a la AMIA. El 18 de enero de ese mismo año, el fiscal Alberto Nisman aparecía muerto. Y el 22 de noviembre el candidato oficialista Daniel Scioli perdía las elecciones presidenciales en segunda vuelta. Fue un año cargado de postales violentas.  Parecería ser que el aglomerado Cambiemos ingresó al mismo espiral, aunque en tiempo record. La falta de brújula arrastró al oficialismo al ojo de un huracán. Hoy, según marca cualquier encuesta, la crisis de credibilidad del gobierno de Macri va más allá de las inclemencias económicas.

El espiral es cuesta abajo. ¿Tendrá vértigo Macri? En realidad creo que a los políticos, por lo general, les suele tentar el vértigo. Aquello no sería un problema si no tuviesen sobre sus espaldas la conducción de un país o de un importante sector de la sociedad. Habría que analizar si la tendencia al vértigo no es una patología vinculada al poder.   Cima, según el diccionario de la Real Academia Española, es “el punto más alto de los montes, cerros y collados”, “parte más alta de los árboles”, entre otras acepciones. Por otra parte, el mismo diccionario indica que sima es una “cavidad grande y muy profunda en la tierra”. Fíjense como con el simple cambio de la consonante C por la S, nos topamos con un antagonismo conceptual.  Ahora la definición de vértigo me viene de perlas. “Trastorno del sentido del equilibrio por una sensación de movimiento rotario del cuerpo o de los objetos que lo rodean”. “Turbación del juicio, repentina y pasajera”. “Apresuramiento anormal de la actividad de una persona o colectividad”. Los tres conceptos figuran en el diccionario de la RAE.  Evidentemente, la “colectividad” del aglomerado Cambiemos es atraída por el vértigo que provoca la altura. Lo mismo le ocurrió al kirchnerismo. Ahora podríamos decir que esa sensación de inseguridad y miedo a precipitarse desde la “cima” provoca cierta irritabilidad que nubla la racionalidad, ocasionando una cadena de actos erráticos, agresivos y obtusos. También podríamos decir que quienes están en la “cima”, tarde o temprano, se enfrentan a una compleja encrucijada para no ir a parar a la “sima”.

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“Si es tan valiente que venga y declare”. Así, con tono de barrabrava, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, retó al militante de izquierda que atacó con un mortero casero a efectivos policiales durante una manifestación en el Congreso y que actualmente se encuentra prófugo de la Justicia. “Si él cree que es un tema político, que tenga el coraje de venir y presentarse a defender su política en vez de escaparse”, agregó la funcionaria durante una entrevista radial. Su patoteril postura no es muy diferente a la del dirigente kirchnerista Luis D`Elía.   Las bravuconadas de la diputada de la moral Elisa Carrió van en el mismo sentido. Al compendio de furiosas reacciones del Gobierno, también podríamos sumar las agresiones verbales de los incorregibles diputados del PRO Fernando Iglesias y Nicolás Massot. La última en perder los estribos fue la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, que ahora se le da por provocar a los docentes.   Alguien debería medir el grado de agresividad que hay en las redes sociales. ¿Qué está sucediendo? ¿El aglomerado Cambiemos está sintiendo la misma sensación de vértigo que sintió el kirchnerismo? ¿Se sentirán impotentes ante la encrucijada entre la cima y una sima?   En la Tierra Sin Mal los radicales están nerviosos. Hace algunos meses el diputado Paulino Javier Mela perdió la caballerosidad cuando se enfrentó a los gritos contra su par renovadora Silvana Giménez. La intolerancia, siempre la intolerancia.  Esta semana el diputado renovador Roque Gervasoni realizó una denuncia en la policía contra el radical Gustavo González por agresiones físicas. El hecho no está muy claro. El primero dice que el segundo le pegó una trompada en el hombro después de un intercambio de palabras en la puerta de uno de los ascensores de la Legislatura.  González lo niega y dice que él simplemente se defendió ante “un intento de agresión” por parte de Gervasoni. Si nos sujetamos estrictamente a los dichos del diputado radical, podríamos decir que González aplica la doctrina de ataque preventivo que inauguró el presidente estadounidense George W. Bush un año después del ataque terrorista contra el World Trade Center en New York.   Sea como sea que haya sido, no deja de ser un papelón. A modo de sugerencia, diría que alguien debería prohibirle a Gervasoni la utilización de las redes sociales.

Primero para resguardar su integridad física, y segundo para respetar a la sagrada lengua española. Respecto a González, alguien debería recomendarle un psicólogo para que trate sus impulsos nerviosos.

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Con un grado de tolerancia mayor al de su correligionario González, el diputado nacional Luis Pastori me envió unos cálidos mensajes al WhatsApp pidiéndome “controlar” mis fuentes y acusándome de ser “mala leche”. El guitarrero de Los Junqueros se molestó por el #PuenteAereo de la semana pasada.

Estimado diputado: Mala leche tuvo el Gobierno al designar a Nicolás Dujovne como ministro de Hacienda después de haber evadido y blanqueado 20 millones de pesos. Mala leche tuvo Luis Caputo al omitir declarar su participación en sociedades offshore. Mala leche tuvo Juan José Aranguren que tuvo que vender sus acciones en Shell cuando se sintió presionado por la opinión pública y a la Oficina Anticorrupción no le quedó otra salida que tomar cartas en el asunto. Mala leche tuvo el ministro de Trabajo, Jorge Triaca, al tener una empleada en negro y nombrarla en el gremio marítimo SOMU. Mala leche tuvo el vicejefe de Gabinete, Mario Quintana, cuando anunció que venderá su parte de Farmacity justo cuando la firma subía de valor. Mala leche son los fondos de la campaña de Cambiemos durante la campaña del año pasado en la provincia de Buenos Aires. Mala leche tuvo Macri cuando en plena campaña electoral dijo que el dólar no subiría los 15 pesos, que no se pagaría impuestos a las ganancias, que no se iría al FMI, y que se iban a crear 2 millones de puestos de trabajo.
Mala leche sería si someto al desprevenido lector a que me ayude a enumerar los actos de mala leche que tuvo y tiene el Gobierno al que usted pertenece. ¿Quiere más?
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Sin dudas, el principal obstáculo de nuestro desarrollo siempre ha sido la intolerancia. Ella descendió sobre la Argentina inicial con la guerra entre federales y unitarios. La Generación de 1837, con Juan Bautista Alberdi a la cabeza, entendió que el mal del país no eran ni los unitarios ni los federales sino la fobia entre ellos. Al alzarse contra el odiador y odiado Juan Manuel de Rosas, Justo José de Urquiza intentó promover la paz entre los argentinos bajo el lema “ni vencedores ni vencidos”.   Pero la intolerancia nos volvió a visitar en el siglo veinte, con la fobia entre conservadores y radicales primero y con la fobia entre peronistas y antiperonistas después, sembrando el país de golpes militares y retroceso económico. En los años setenta, la reconciliación de Juan Domino Perón y Ricardo Balbín cerró la herida entre el peronismo y el antiperonismo pero fue desbordada por el odio entre la ultraizquierda y la derecha hasta que en 1983 renació, pacificada, la democracia.   En 1983, tanto los conservadores y los radicales como los peronistas y los antiperonistas habían olvidado sus querellas. Los militares volvieron a los cuarteles. Sin embargo, al país pacificado no le volvió el progreso. Al contrario: las cifras de la pobreza y la indigencia que hoy nos abruman no tienen precedente.   Junto con la envidia y el resentimiento, la intolerancia es una de las hijas predilectas del odio. En el campo político, una máxima preside sus embates: que hasta la ruptura de las reglas de la democracia es admisible para impedir que el otro, el odiado, el demonio, obtenga el poder.   El debate político debería caracterizarse por el respeto. Pero hoy no se busca refutar sino descalificar al adversario. Cada vez que llamamos a un rival “corrupto”, “zurdo” o “fascista”, no lo estamos refutando. Lo estamos descalificando. Estamos preparando el terreno para desconocer su victoria y sabotear su gobierno.
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Oscar Thomas, el exdirector ejecutivo de la Entidad Binacional Yacyretá, por ahora es el único prófugo que tiene el caso de los cuadernos Gloria. El remisero Oscar Centeno lo apuntó como uno de los exfuncionarios que “aportó para la Corona” sumas millonarias.  Thomas siempre fue un cuadro de la renovación, al igual que su hermano, el director Provincial de Rentas, Miguel Arturo Thomas. Algunas fuentes del Gobierno provincial aseguran que desde hace años que Oscar dejó de responder al Frente Renovador de la Concordia Social. “Él reportaba directamente a Julio de Vido, terminó siendo más kirchnerista que renovador. Esa es la realidad”, dijo un funcionario mientras intentaba despegar al partido misionerista de las acusaciones que pesan sobre el exdirector de la EBY.  Lo que seguramente querrá saber el juez Federal Claudio Bonadio es de dónde salieron los millones de dólares que, según Centeno, Thomas le entregaba a Roberto Baratta, la mano derecha que tuvo De Vido durante sus años de gloria frente al megaministerio de Planificación.  En el caso que la causa prospere, que los dichos del remisero sean ciertos, y que Thomas se entregue (algo que seguramente sucederá mañana lunes), cabría hacerse las siguientes preguntas: ¿El dinero habrá salido de la EBY? ¿Será producto del pago de coimas de las empresas que trabajaban en el EBY? ¿Los fajos de dólares habrán sido parte de otras cajas que también controlaba Thomas? ¿Se quebrará Thomas y contará todo lo que sabe? El final está abierto.

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